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jueves, 4 de febrero de 2010
Prólogo inútil a una novela abortada
Mi padre y mi madre se casaron jóvenes. Mi padre fue, por lo que entiendo, el primer novio de mi madre. Según mi abuela, mamá era una joven esbelta, medianamente atractiva y de muy buenos modales; pero carecía de cualquier otro encanto que no fuese el silencio. Con el tiempo aprendí que esa era la cualidad distintiva de mi familia. El silencio. En una foto del cuarenta y tantos mi madre posa rubia y parca junto a mi padre. El amplio vestido blanco, el blanco infinito de la pared del fondo o cualquier otro detalle inerte y pálido del cuadro no se comparan con la absoluta ausencia de candor en los ojos de mi madre. Lo mismo podría ser una foto de casamiento o un bautismo o una estadía en la costa. De igual modo, podría o no estar mi madre en la foto. Tangible es su falta de espíritu, su alma aplanada. El asunto era correr el menor riesgo probable o ninguno. Escudándose en una extrema sensibilidad de la piel, se ocultaba del sol dentro de la casa. Estaba siempre en el living, leyendo sin interés las revistas de moda para amas de casa, contemplando silenciosa el jardín por la ventana o atendiendo las labores domésticas de la muchacha. En contadas ocasiones, abandonó brevemente el letargo para observarme. Si bien nunca le temí, verla a menudo perfectamente sentada en el sillón de brocado blanco, con su atavío pulcro y el peinado rubio y exacto, la mirada desprovista de matices, era algo así como asistir al velorio de un desconocido. Nunca sentí el deseo siquiera fugaz de correr a abrazarla, cierta compasión quizás; pero nada más allá de un pueril desconcierto ante su actitud glacial. ¿Serían así todas las madres del mundo? ¿Sería así el mundo entero? Medido, silencioso, frío y distante. No era algo de temer; pero evidentemente soso y melancólico.
Mi padre era quien tomaba las decisiones sobre todo: la casa, mi educación, cualquier movimiento de mi madre. Tal es así que se conocieron en la Facultad de Medicina y, mientras él escogió la especialidad en oncología, sugirió a mi madre que optara por la endocrinología, con la cual no correría mayores riesgos ni estaría expuesta a situaciones perturbadoras. Ella aprehendió su consejo. Y también decidió abandonar su profesión, apoyándolo cuando él tomó un puesto importante en un hospital en Vancouver. Durante ese período, la mayor aventura de mi madre fueron las clases de inglés, que compartimos dos veces por semana con un excéntrico profesor nativo, amigo de un amigo de mi padre. Un viejo vago y marica, según mi padre; pero que ofrecía un muy buen descuento por aquella relación en común que de ningún modo debía ser desaprovechado. Esos son días fáciles de rastrear, imposibles de perder en el olvido, y sólo porque fueron los únicos días en la totalidad de mi vida cuando vi a mi madre sonreír. El humor bohemio y optimista del profesor alcanzó a contagiarla en más de una oportunidad. No es que recuerde esa época con felicidad; pero sí con curiosidad. Pues ya luego de aquello, no hubo nunca siquiera un atisbo de bienestar en el semblante gris de la que me trajo. Si antes de Vancouver lucía deprimida, una nueva horrorosa forma de nostalgia poseyó su alma, si es que realmente alguna vez gozó de tal privilegio. Imprevistamente, dejó de asistir a las clases de inglés. Al poco tiempo, comenzó a desaparecer regularmente del living. Vinieron días enteros cuando no salía de su habitación más que para compartir la cena conmigo y con mi padre. Y, finalmente, ya no salió de su habitación ni de su cama. Un sin fin de especialistas visitaron la casa. Psiquiatras y psicólogos amigos de mi padre, incluso un párroco y hasta un investigador de la metafísica tuvieron la suerte de cambiar algunas palabras con ella. Pero nunca descubrieron el motivo de su depresión, así como el tópico o un atenuante.
Volvimos a Buenos Aires con la esperanza de que la distancia con su tierra natal fuera el motivo de tal tristeza. Mi padre y mi abuela estuvieron cinco años tratando de resolver el problema de mi madre. Pero nada nuevo ocurrió en todo ese tiempo y, cuando mi abuela murió, mi padre consiguió un nuevo puesto muy bien pago y de una gran responsabilidad en un sanatorio en Barcelona. Si bien mi padre me dedicó siempre aún menos atención que mi madre, decidió en aquel momento que nos quedaríamos a vivir allí definitivamente, donde al menos hablaban el mismo idioma que yo manejaba mejor y sería menos dificultoso para mí tejer amistades, cosa que había empezado a preocuparle, ya que nunca me vio conversar con nadie ni trabar ninguna clase de vínculos. Era evidente su temor de que me convirtiera en un ser depresivo y deprimente como mi madre.
Así fue como la abandonamos.
Pero poco sostuvo mi padre su preocupación. Fue el tiempo que tardó en conocer a su segunda esposa, que no es su esposa en realidad porque nunca se divorció de mamá y se casó con la otra; pero sí fue la mujer con quien compartió su vida hasta el final de sus días. Era una buena mujer, más joven que él, no menos rubia y pálida que mi madre, y lo que más recuerdo de ella es que fue la única mujer que me abrazó en mi vida antes que Ofelia; la única persona con la que tuve algún tipo de contacto físico en uno o dos cumpleaños, además de la gente con la que contacté ya en mi madurez. Por lo demás, mi padre y mi madre jamás me tocaron o me abrazaron o me besaron. Ni siquiera estoy seguro de haberlos visto besarse entre ellos más que en alguna foto. De ello se desprende mi parca reacción ante esa desconocida forma de afecto. La segunda esposa de mi padre siempre creyó que yo la rechazaba por una cuestión habitual de ubicarla en un rol destructor, por pensarla queriendo reemplazar a mi madre y esa clase de hostiles tonteras juveniles; pero nunca tuvo la habilidad de comprender mi ignorancia absoluta sobre el amor filial, el amor físico o cualquier otra clase de amor. Nunca entendió verdaderamente que yo era un hombre condenado, por naturaleza, a la soledad.
Burda
fotografío mis partes pudendas
desmoralizo cualquier recuerdo fucsia en fuga
mastico mi caramelo de eucalipto bien masticado
no hay peor reina que una reina decapitada
voy a ordenarte verdugo que me retrates antes de abolirme
que me suministres pictóricas dosis de erección
que me arranques el vestido y luego el miriñaque
que me desgarres las pantis y me castres
que no se detenga ante el horror horroroso de mi joven vejez
yo no soy esa nadie que me arriba y me roba la vida
yo no soy ese sueño soñado por mí
yo voy a dormir para siempre y a vivir aparte en secreto lejos de mí
mi reino por un orgasmo
mi orgasmo por un pellejo
mi pellejo por un dólar
mi espíritu el ímpetu la flor de lis
la seda china
la forma de reloj de arena
y mis partes pudendas castradas decapitadas destazadas
fotografiadas expuestas aplaudidas dormidas enhiestas muertas
el alma amilanada
un millón de hojas de eucalipto sobre mi tumba azul real
ya no importan la erosión y el erotismo
sólo la sangre y el cuero
el cuero de becerro muerto de la última temporada
las piedras preciosas te las podés meter en el culo
me quedo con mi brocado negro que tanto me gusta
y un verdugo tieso grueso candente
mi muerte tibia y viscosa te la dedico
me guardo la nada de todos los años que me robaste
la vida que malgasté
la enfermedad
el olvido
me quedo con todo y te quedás conmigo
sosteneme la cabeza un momento
ya vuelvo
voy a morir a ese sillón
y no pienses que porque estoy de espaldas desnuda y decapitada
te espero a vos
no
no espero nada Bacán
Orfeo Rodríguez acaba de enviudar. No ha tenido hijos con ninguna de sus esposas. Su pariente vivo más cercano es un primo de su madre con quien nunca tuvo trato. Está completamente solo. Ni amigos tiene. No tiene interés en ello. Orfeo Rodríguez decide viajar.
-Si es posible, dar la vuelta al mundo.
En el avión, mientras una azafata pelirroja, de una belleza exótica, una muchacha simpática o como sea, le sirve un vaso de whisky, Orfeo Rodríguez sueña con una puta descabezada. Se sobresalta y se golpea la cabeza.
Una contusión, una pequeña hemorragia.
De inmediato, la misma azafata lo asiste. Orfeo Rodríguez cede a un impulso descabellado y la besa. Fuerte. Con ahínco. Le aprieta las mandíbulas con las manos y, con los dientes y la lengua, la obliga a separar los labios. La atraganta con su lengua musculosa y sorbe su aire y su saliva. El espectáculo sorprende a los pasajeros. La risa es unánime, después del sopapo. Orfeo Rodríguez siente una vergüenza atroz. Corre hacia el baño y se encierra. Cubre prolijamente la tabla del inodoro con varias hojas de papel higiénico. Se quita los pantalones y se sienta confortablemente. No suele hacer ruidos. Por lo que su mierdosa actividad no distrae sus ideas homicidas. Cierra los ojos un momento y ve a la azafata desnuda y partida en bloques. Desarmada como un puzle sobre una mesa. Juega con sus partes. La desordena. Invierte el sexo y la boca. Un pecho y una rodilla. Se coloca su cabellera y la tapa del cráneo a modo de peluca. La besa frenético. Lame sus ojos y escarba su nariz con la punta de la lengua. Se quita el pantalón. Sube a la mesa y monta su culo sobre ella. Defeca en su sexo que ahora ocupa el lugar de su boca. Unos golpes brutales distraen a Orfeo Rodríguez de sus pensamientos.
-¿Se encuentra bien?
Orfeo Rodríguez reconoce de inmediato la voz pelirroja.
-Un minuto.
-Necesitamos hablar con usted.
Orfeo Rodríguez se supone alucinando. Transpira de un modo grosero. Huele rancio. Respira con dificultad. El picaportes se agita con intensidad y la puerta cede violentamente. Entran la azafata pelirroja y otra morena, mucho más alta y fornida. Se mueven veloces. Lucen temerarias. Apenas les falta un poco de espuma en la comisura de los labios y la mirada amarilla y bien podrían ser muertos vivos. La azafata morena cierra la puerta y acciona la traba. La pelirroja se agazapa sobre Orfeo Rodríguez y lo lame a lo largo del rostro. Orfeo Rodríguez tiembla. Siente demasiado calor. Las azafatas lo acarician. Lo besan. Orfeo Rodríguez no puede emitir sonido alguno. Permanece impertérrito. Espantado y confundido. Justo cuando las paredes del baño comienzan lentamente a deshacerse, su visión se torna nebulosa. Las azafatas ríen a carcajadas, aunque suenan más bien como hienas o panteras en celo o como harpías poseídas por un demonio búfalo. La pelirroja presiona fuerte su entre piernas a la vez que le da un buen mordisco en el cuello. En un breve acceso de dolor y lucidez, Orfeo Rodríguez intenta zafarse; pero las azafatas lo golpean con saña.
-Esto no puede estar sucediendo.
Pero el dolor es tan real.
Sea o no una pesadilla, Orfeo Rodríguez está ahora completamente arrepentido de haber besado a la azafata intensa, húmedamente, cediendo a unos impulsos ignotos hasta ese momento. Las azafatas le propinan una golpiza brutal. La pelirroja luce intimidatoria en sus curvas y en su mirada, a veces en sus amaneramientos. La morena es pura fuerza física. Es de una animalidad fantástica, hercúlea, una mole oscura, pétrea y sin espíritu. Puñetazos. Patadas. Uñas y dientes. Una maraña humanoide de elementos de tortura se agazapan sobre Orfeo Rodríguez y no sólo lo despellejan y lo desangran sino que lo descuartizan.
Hay un avión que nunca llega.
El globo
-¡Norita! ¡Norita!
-¡Ya voy, mamá! ¡Ya voy!
Y Norita en un rincón del galponcito, desenrollando el piolín, haciendo un nudito como esos que le enseñaron en el Centro Mariano Padre Kolbe.
Un bocinazo y...
-¡Norita!
-¡Ahí voy!
Y Norita corriendo con su nuevo juguete, saltando dentro del Citroën. Siempre quiso conocer el pueblo de Tío Cándido. Tío Cándido le había contado cosas maravillosas de su pueblo. Tío Cándido era ese hermano de mamá que estaba medio loco, pero contaba unas historias increíbles. Tío Cándido era el mismo que le había enseñado a fabricar juguetes, como el que ahora volaba sobre el techo herrumbrado del Citroën.
La ruta estaba hecha pedazos y el Citroën se movía para todos lados. Pero Norita no se percataba de ello. Norita cerraba los ojos y soñaba que era un pájaro con alas de seda y volaba alto, muy alto. Volaba por todo el mundo y se metía entre los pinos fluorescentes de un bosque encantado, un bosque azul infestado de hadas. Norita se hamacaba en las lianas dulces de una selva de golosinas y se daba, luego, una ducha en una catarata de caramelo. Con cada salto del Citroën, Norita despegaba hacia cualquier continente. Y a veces, hasta el cielo o hacia el mar o al espacio; a veces, hasta lugares que nunca podría describir. Norita descansaba un rato en una nube y los ángeles jugaban con ella. La niña globo chillaba de felicidad. Ya los ángeles la despedían y, en un beso de arcoíris, la arrojaban a la Tierra. Norita caía hacia el Citroën haciendo giros de 360º, como le habían enseñado en la clase de Ciencias Naturales que se mueve la Tierra , como su juguete, que seguro estaba a punto de aterrizar, porque papá había detenido el auto, porque ya estaban en el pueblo mágico de Tío Cándido, el mismo loco Tío Cándido que le había dado alguna vez las instrucciones para fabricar su nuevo entretenimiento.
Norita sonreía, prendida de las últimas imágenes de su sueño. Norita bajando del Peugeot, viendo hacia arriba, hacia la Celestial Morada de María, desde donde seguramente llegaría, haciendo trompos y piruetas, su fantástico juguete. Pero Norita no lograba ver nada. Enceguecida por el sol del mediodía, impaciente, aguardaba el aterrizaje de su gran creación
-¡Norita! ¡Qué hiciste!
Y Norita, la dulce Norita bajando sus ojitos de avellana hasta sus manos, de donde pendía el piolín que sostenía las patitas maniatadas del Sr. Thompson, el canario más joven de mamá. El Sr. Thompson apenas si lograba piar. El Sr. Thompson, retorciéndose en el asfalto, convertido en una masa amorfa de carne, huesitos y plumas ensangrentadas.
De cama
Vittorio caminaba por la calle, imbuido en pensamientos aburridos. Recordaba un chicle turquesa abollado en la parte de abajo de un pupitre de su escuela secundaria. Imaginaba el olor y el sabor del falso ananá que el chicle ya no poseía mientras él ocupaba aquel pupitre y, mucho menos, en ese mismo momento cuando lo estaba recordando al caminar por la calle un día cualquiera. Unos golpecitos constantes interrumpieron sus cavilaciones. Vittorio comprendió que se acercaba a la esquina y que el semáforo para ciegos lo invitaba a tomar precaución. Metió una mano en un bolsillo y extrajo un Parisienne Box. De otro bolsillo, sacó una caja de fósforos Fragata y encendió un cigarrillo. Así, mientras esperaba que el semáforo para ciegos dejara de chillar y que el muñequito del semáforo para videntes le cediera el paso, dio unas cuantas caladas, siempre pensando en cosas sin importancia. Finalmente, el ruido se detuvo y el hombrecito luminoso lo convidó a cruzar la calle. Vittorio se desconcentró, cosa que no le costaba en absoluto, y cruzó.
La ochava del frente estaba ocupada por una mueblería de barrio muy venida a menos. Vittorio se asomó a la vidriera, casi sin interés. Entonces, la descubrió: Sus proporciones eran perfectas. Era maciza y oscura, tal como las prefería. Tenía un brillo especial, que probablemente se debía a que era nueva en el local. Vittorio miró en todas direcciones y comprobó que nadie lo estaba viendo. De prisa, se coló en la tienda y se escondió dentro de un armario desvencijado, que crujió al cobijarlo. Vittorio trabó las puertas desde adentro y dejó apenas una hendija, para tener la oportunidad de ver cuando el dueño de la mueblería se marchase.
Todo el tiempo que estuvo dentro de aquel gabinete enclenque y maloliente, Vittorio imaginaba el momento de poseerla. Ningún pensamiento aburrido ocupaba ahora el muy reducido espacio de su ideario. Durante las cuatro horas que tardó el dueño en abandonar la tienda, Vittorio tuvo relaciones con ella telepáticamente. Ya cayendo la noche, divisó la posibilidad de salir y acercársele sin ser visto. Quitó las trabas de las puertas y se deslizó fuera del armario sigilosamente. Dado que la mueblería estaba sumida en la oscuridad, no le fue difícil confundirse con las sombras del resto de los muebles sin llamar la atención. De inmediato, se acercó a ella y se quedó a su lado paralizado, casi sin respirar. Temía hacer algo mal y desencantar el momento. Temía que su ansiedad echara todo a perder. Le costaba horrores no irse a las manos, no atacarla con lujuria, no convertirse en una bestia sexual y destruir, de una sola embestida, sus delicadas formas.
Se desvistió sin emitir el más breve de los sonidos. Pero poco duró su represión. Completamente desnudo, ahora sí animado por el espíritu de un predador incurable recién salido de prisión, trepó rabioso sobre ella y la penetró salvajemente. La cama marinera rechinaba. De inmediato, se le partieron tres o cuatro tablas y el barniz marrón que la oscurecía comenzó a saltar en pedazos para todos lados. Si alguna vez una cama pudiera gritar, si tal pieza inerte de madera reciclada tuviera la aptitud de sufrir y admitir su dolor, esto sería lo más parecido a dicha ocasión. Nunca esa cama había sido amada o deseada con tal brutalidad, nunca una cama lo había sido, a decir verdad. Era la primera vez que un hombre y una cama compartían un momento de intimidad. Cualquiera diría que Vittorio era un enfermo. Nadie dudaría en confirmar la imposibilidad y la aberrancia de un vínculo de tales características. Y si en alguna oportunidad este hecho saliera a la luz, ninguna persona en el Universo aprobaría esta clase de unión. Mientras la cama marinera pensaba en todo esto, Vittorio la mordió en uno de sus ángulos y tuvo un estertor de éxtasis. Su cuerpo entero se sacudió como una anguila fuera del agua y su pequeño sexo arrugado disparó chorros de semen para todos lados. La cama marinera, que no sabía cómo acabar, que no sabía qué cosa era una vejación o qué cosa sucedía realmente, sí comprendió lo que sentía en lo más profundo de su esencia. Debajo de la blanca viscosidad de su perro amante, más allá de sus duros tornillos y las maderas recauchutadas de las que estaba hecha, la oscura maciza cama marinera sintió algo que nunca antes había sentido, algo que le daban ganas de vivir y de moverse y de bailar y cantar, o por lo menos de pedirle el teléfono o el MSN o el Facebook al hermoso varón que la había domado. Vittorio encendió un parisino y embebió el aire con un humo denso y negro, ella sintió el olor de su masculinidad combinado con el del tabaco y creyó desvanecerse; pero lo que sentía, verdaderamente, eran cinco tablas quebradas a punto de deshacerse. Por largo tiempo, permanecieron en silencio. Por fin, Vittorio se incorporó, se vistió y la besó con suavidad. Le pidió disculpas por su ferocidad y le aseguró que volvería a pasar. Y tal como llegó, del mismo etéreo modo lo vio ella fundirse con las sombras del resto de los muebles.
La cama marinera pensó en él hasta el amanecer. Lo recordó dos días después, mientras el dueño de la mueblería le cambiaba las maderas rotas y la volvía a barnizar. Pensó en él durante los dos meses que chupó el sol veraniego en el escaparate principal. Y siguió imbuida en esa clase de pensamientos, hasta que fue vendida a una familia numerosa que la alejó del barrio, de la mueblería y de aquel fantasma erótico para siempre.
Nunca nadie extrañó a un violador serial, nunca una cama lo había hecho antes.
Pero ella no era alguien y tampoco era cualquier cama. Era una cama marinera, marrón, maciza, brillante, re-reciclada y, sobre todo, experimentada. Una cama vejada, pero con recuerdos que ninguna otra cama guardaría. Una cama única. Una cama viva. Una cama, cuyas maderas comenzaban a hincharse sin motivo aparente. Ella lo atribuyó a la humedad de su nuevo hogar, una casa prefabricada, muy humilde, a dos cuadras del río. Pero sus bordes continuaron engrosándose día a día. Era la primera vez que una cama engordaba. La ocurrente cama marinera creyó que padecía una parasitosis o algún tipo de enfermedad provocada por gusanos que revolucionaban su interior. Porque esa era la sensación, como si alguna cosa, un bulto, un ente, carcomiera sus tablas desde adentro, alimentándose de su propia madérica sustancia. Cuál no fue su sorpresa, cuando una noche los chicos que cobijaba se reunieron frente al televisor, junto a ella, y vieron una película documental sobre la concepción humana. En un principio, la idea apareció vagamente entre el resto de sus ideas, como algo más, como una mosca de paso sobre alguna de sus aristas. Pero a medida que la película avanzaba y los chicos debatían sobre el argumento, la ahora gruesa cama marinera tuvo su revelación. No sólo era una cama poseída brutalmente y por sorpresa, no sólo era una cama sentimental, viva, violada y abandonada. Era, con total seguridad, una cama embarazada.
¿Qué hacemos con el cadáver de mamá?
He matado tantas veces a mi madre, que ya me duelen las manos de apuñalarla, ya se me retuerce el estómago de comerme el corazón. Hoy temprano me he levantado y la he acuchillado unas seiscientas sesenta y seis veces. El corazón me lo tragué entero de un bocado; pero lo vomité, como siempre. La mañana era fresca, así es que ni bien he acabado de asesinarla, le he puesto una manta muy gruesa para que no muera de frío. No recuerdo si me lo ha pedido ella o ha sido por mero propio gusto, pero he encendido el aparato de música y he puesto un disco de Juan Sebastián. Ella adora a Juan Sebastián. También me he puesto a leerle “Celebración del Erotismo”, la Edición Especial de Colección de La Maga. Creo que no le ha resultado demasiado interesante; no obstante ello me ha sonreído condescendiente. Eso no lo puedo negar. Aún en los peores momentos, cuando ya no podía portarme con ella de modo más terrible, mi madre ha sabido ser piadosa.
Creo que todavía piensa en él. Se le nota en los ojos. Hacía ya tiempo que no veía en ella esa mirada, esa mirada que se adivina nostálgica, esa mirada que lleva el regusto visceral del extrañamiento. “Pero madre” le he dicho hace unas horas, “deberías ya dedicar tus pensamientos a mejores cosas”. La melancolía no ha abandonado su vista. Finalmente y luego de varios análisis, hoy he descubierto por qué “melancolía” significa “humor negro”. La que me ha parido tenía, las pocas veces que montaba en cólera, la exótica costumbre de llorar lágrimas negras. La primera vez que la maté, se le escaparon dos grandes gotones azabaches que le mancharon las mejillas y los labios. Ahora que cavilo, en aquella oportunidad no estaba enojada. Lloraba porque sí. De todas maneras, valga el ejemplo. Sólo espero que no piense mucho tiempo más en él. Si sigue llorando, el humor negro va a rebalsar la bandeja donde descansan sus ojos y me veré en la obligación de cambiarlos a una más profunda. No entiendo por qué continúa trayéndolo a sus recuerdos. Nunca le hizo bien. Muy por el contrario, la humilló cada vez que quiso y de la peor forma. Por ello, de él conservo sólo el mal recuerdo y las cicatrices, que año a año alimento junto con el desprecio que le profeso. Mamá me ha dicho varias veces que no sea rencoroso. Pobre madre mía, aún lo ama. Yo no puedo perdonarlo. Por eso la mato. Cuando me acuerdo la mato. No entiendo por qué continúa trayéndolo y por eso la mato, cuando me acuerdo, la mato. Por infeliz. ¿Qué clase de mujer permitiría que hombre alguno le pusiera los cuernos con el mejor amigo? Ni hablar de lo palos y los cuchillos.
He matado a mis hermanos, también; pero ellos no han protestado. Se han dejado hacer. Con ellos nunca tuve problemas. Y eso es bueno; porque mi madre siempre que la he asesinado se acuerda de todo lo mal que he hecho. A veces, creo que no es condescendiente. Mis hermanos, en cambio, no han emitido un solo gemido. Supongo que ni cuenta se han dado. Los almohadones quizás hayan tapado algún sonido. ¿Quién sabe? Ahora sólo pienso en deshacerme del cadáver de mamá. “¿Qué hacemos?” les he preguntado. Claro, nunca fueron muy inteligentes. Siempre con los ojos desorbitados y la lengua afuera. “¿Qué hacemos con el cadáver?” he vuelto a demandarles, sabiendo que no podrían responderme. Es que cuando no encuentro la solución a un dilema, busco oráculos hasta en las paredes. Pobres. Ellos no tienen la culpa. Aunque los he asesinado nuevamente, porque me han hecho enojar. Hay ocasiones cuando no me doy cuenta de lo que hago. “¡Qué hacemos! ¡Qué hacemos!” he gritado y mis hermanos, nada, con la lengua afuera. Esta vez, los maté casi sin percatarme de ello; pero después me calmé y me puse a pensar. Mamá siempre dijo que soy muy creativo. Yo creo, humildemente, que no ha errado demasiado en esa aseveración. Hasta ahora, cada vez que la he ajusticiado, me he deshecho de su cuerpo de un modo diferente. Ya veré qué puedo hacer con éste. Al último lo arrojé al canal.
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